En medio del presente año electoral son recurrentes las noticias que señalan que tal o cual diputado federal o local o algún alcalde piden licencia a sus respectivos Congresos para poder separarse de su cargo.
El artículo 55 Constitucional, en su fracción quinta señala que para competir para una diputación se requiere no ser secretario o subsecretario de Estado, ni titular de alguno organismo descentralizado o desconcentrado, a menos que se separe de su cargo definitivamente 90 días antes de la elección. También, señala que no podrán ser candidatos a diputados los ministros o magistrados de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, tampoco podrán serlo los consejeros electorales o secretarios de tribunales electorales; a menos que se separen de su cargo 3 años antes de la elección. Para el caso de los gobernadores de los estados, estos no podrán ser elegidos para desempeñar una diputación dentro de sus jurisdicciones durante su período de encargo, incluso cuando se haya separado totalmente del encargo.
El artículo 59 Constitucional señala que ni diputados ni senadores podrán ser reelectos para el período inmediato. Suplentes podrán hacerlo siempre y cuando no hayan ejercido.
Tras el breve bosquejo de cátedra de derecho, concluimos que los legisladores que piden licencia no incurren en ninguna ilegalidad. La mayoría argumenta separarse de sus cargos pues tienen en mente "proyectos para mejorar a su comunidad o al país", son en palabras de los legisladores con licencia "proyectos políticos". En una democracia consolidada, donde cada diputado cumple con su función de ser un representante popular la decisión no debería de ser mal vista; sin embargo, en un sistema político mexicano inmerso en una crisis de credibilidad y aceptación popular, el abandonar el cargo para el que fueron electos y "trabajaron" arduamente para ganar el voto popular no representa mas que la búsqueda de una mejor posición política con la cual se buscan satisfacer las necesidades individuales o seguir cumpliendo a las camarillas que lo llevaron al poder. Entonces se genera una lamentable ambición por el poder político que continúa degenerando al sistema político mexicano, que de por sí esta ya inmerso en una crisis.
La política debe de ser entendida como un medio y no como un fin. Entendida en México como un medio para recortar poco a poco los grandes niveles de desigualdad entre la población mexicana, entendida también como un medio para lograr consensos que favorezcan a todos los mexicanos. Entender la política en México como un fin para hacerse de recursos públicos y satisfacer deseos individuales o de un muy delimitado grupo (que rara vez es el electorado que representan) debe ser condenado enérgicamente.
Quisiera no generalizar, pero un breve juicio me hace pensar que rara vez los legisladores cumplen las promesas vociferadas durante su encargo que dura tres años. Por lógica elemental concluyo que un mandato de dos años y 9 meses tampoco se cumplirían las promesas de campaña. Lo peor es que al parecer esto a nadie le importa y seguimos viendo como algo muy normal que tal o cual legislador abandone su cargo para buscar lo que llamamos dentro de nuestra jerga un nuevo "hueso".
Considero que la figura de la reelección inmediata, por un periodo extra únicamente, ayudaría a palear estos índices de deserciones, siempre y cuando el electorado estuviera interesado en las labores que desempeña el diputado que representa. Empero el gran problema de la sociedad es el poco o nulo interés en los asuntos públicos y la satanización de aquellos que con una postura distinta buscan abordar este tipo de temas. Hasta la próxima en esta columnita de pocos comentarios.
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