He de confesar que entre mis costumbres, hay unas muy terribles, como la de ser tremendamente apático cuando de bricolaje se trata, y aunque me disgusta que mi habitación esté desordenada casi todo el tiempo, el disgusto no supera mi apatía por ordenarla. Dada mi apatía, me tuve que hacer de los servicios de una casera, sin embargo, la irregularidá de esta provocó que mi habitación fuera limpiada más o menos una vez al mes, por lo que su limpieza apenas me duraba, cuando mucho, una semana. Y si bien de vez en cuando me convenzo de que limpiar no estaría mal, mi vocación de limpieza dura apenas unas horas, así que nunca termino de limpiar. Aunado a eso, mi precaria situación económica, que empeoró hace unos meses, me ha impedido encontrar otra doméstica que realice mis labores de aseo. Lamentablemente, mi apatía por los quehaceres domésticos me ha valido severas críticas de algunas visitas, como mis amigos, que no dejan de decir que vivo en la inmundicia.
Pero mis malas costumbres no llegan hasta ahí, tengo otras, que aunque son mal vistas en sociedá, a mi me parecen de lo más refinadas. Una de ellas es arrojar monedas a mi pieza. Es una manía la de arrojar monedas de diferentes denominaciones, siendo las más recurrentes las de dos pesos. En varias ocasiones, esta costumbre me ha sacado de apuros cuando no tengo dinero, de forma que así completo para el pasaje e incluso, la comida. Lamentablemente no me limito a arrojar al suelo sólo monedas, sino también colillas de cigarro, envolturas, envases, papales, hojas de periódico y hasta mis libros. Sé que tal costumbre le ha de figurar a usté, apreciable lector, que mi persona es de lo más repugnante que le pueda parecer, pero he de comentarle que únicamente me limito a arrojar cosas en el suelo de mi pieza y rarísima vez en la calle, pues mis principios me impiden arrojar basura a las calles, aunque de vez en cuando arrojo la colilla del cigarro a la calle únicamente porque no encuentro un bote de basura cerca, aunque a veces me guardo las colillas en la ropa, que lamentablemente deja mis harapos malolientes.
Presumiblemente una de mis peores costumbres, y aprovecho para aclarar que únicamente la realizo en mi pieza, es orinar dentro del lavamanos. Se trata pues de una costumbre que aprendí por imitación al ver un film de Bertolucci, Soñadores. La costumbre, que supongo es europea, consiste en orinar dentro del lavamanos y supongo tiene su origen en la falta de agua en aquel continente. Después de orinar, aprovecho para echar agua y limpiarlo, y además, en algunas ocasiones arrojo algo de cloro al lavabo, a fin de desinfectarlo. Contrario a lo que usté posiblemente piensa, mi lavamanos no apesta, y además, pienso que con esta costumbre contribuyo a ahorrar el agua, que por lo menos, ahora en la ciudá, escasea.
Pero mis malas costumbres no llegan hasta ahí, tengo otras, que aunque son mal vistas en sociedá, a mi me parecen de lo más refinadas. Una de ellas es arrojar monedas a mi pieza. Es una manía la de arrojar monedas de diferentes denominaciones, siendo las más recurrentes las de dos pesos. En varias ocasiones, esta costumbre me ha sacado de apuros cuando no tengo dinero, de forma que así completo para el pasaje e incluso, la comida. Lamentablemente no me limito a arrojar al suelo sólo monedas, sino también colillas de cigarro, envolturas, envases, papales, hojas de periódico y hasta mis libros. Sé que tal costumbre le ha de figurar a usté, apreciable lector, que mi persona es de lo más repugnante que le pueda parecer, pero he de comentarle que únicamente me limito a arrojar cosas en el suelo de mi pieza y rarísima vez en la calle, pues mis principios me impiden arrojar basura a las calles, aunque de vez en cuando arrojo la colilla del cigarro a la calle únicamente porque no encuentro un bote de basura cerca, aunque a veces me guardo las colillas en la ropa, que lamentablemente deja mis harapos malolientes.
Presumiblemente una de mis peores costumbres, y aprovecho para aclarar que únicamente la realizo en mi pieza, es orinar dentro del lavamanos. Se trata pues de una costumbre que aprendí por imitación al ver un film de Bertolucci, Soñadores. La costumbre, que supongo es europea, consiste en orinar dentro del lavamanos y supongo tiene su origen en la falta de agua en aquel continente. Después de orinar, aprovecho para echar agua y limpiarlo, y además, en algunas ocasiones arrojo algo de cloro al lavabo, a fin de desinfectarlo. Contrario a lo que usté posiblemente piensa, mi lavamanos no apesta, y además, pienso que con esta costumbre contribuyo a ahorrar el agua, que por lo menos, ahora en la ciudá, escasea.
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